Boston, el maratón que conmovió mi espíritu

Boston Marathon

Boston, una experiencia única e inesperada

El legendario Maratón de Boston, hace dos años (2015), me llevó a donde ninguna carrera antes me había llevado… Más que físico o más que emocionante, a una lucha y gracia espiritual. De lo miserable a lo memorable… Totalmente.  Esta es mi historia, una más dentro de los 30 mil corredores que allí se presentaron.

¿Cómo llegué a Boston?

Además de ser el maratón más antiguo en celebrarse continuamente (desde el 1897), se considera el más importante del mundo. La peculiaridad principal de este evento es que, para participar, cada corredor debe cualificar cumpliendo,  en alguna carrera previa, con el tiempo establecido para su categoría de edad.

Nunca había tenido esa meta de correr el Maratón de Boston.

  • Comencé con el reto de querer completar un maratón (26.2 millas), entonces fui a Chicago en el 2009.
  • Luego, visité a mi hermana en New York y pensé que también podría intentar el Maratón de New York.

Como sabrán, no me interesaba hacer otro maratón que no fuera New York. Estuve 3 años intentando entrar en la lotería hasta que me garantizaron la entrada en el 4to año (2013). Lo hice, mejorando mi tiempo por 16 minutos.  Entonces mis metas ya estaban cumplidas.

Varias semanas después, me encuentro a una compañera de trabajo que me felicita por mi desempeño en New York y me dice: “Mi esposo me dijo que con ese tiempo de New York tu cualificas para el Maratón de Boston”.

En ese momento, y sin esperarlo, mi mundo se paralizó. Nunca antes había pensado en esa posibilidad. En mi mente, Boston era algo imposible, y ni me había molestado en revisarlo. La ilusión se apoderó de mi ser. Entonces, esperé los meses para someter la información y recibir esa notificación:

“your entry has been accepted”

 

pasaporte Maratón Boston

El pasaporte del corredor que llega por correo

Boston, la ciudad transformada

Se me hace difícil explicarlo, pero el respeto de la ciudad hacia este evento sobrepasó todas mis expectativas. Ya había realizado los otros dos maratones más grandes e importantes de Estados Unidos, pero nunca presencié tanta solidaridad y orgullo como se lo vive Boston. Yo me sentía que caminaba dentro de un gran festival por toda la ciudad. A dos años del terrible atentado, parecía que la ciudad se había aferrado a su evento con más fuerza que nunca. El sentimiento de apoyo se respiraba por todas las calles contagiando a todas las personas.

La ciudad de Boston transformada

La ciudad de Boston transformada

  • Cientos de personas llevaban su “jacket” alusivo a esa edición del Maratón de Boston. Parecía que las regalaran en la esquina pero la realidad es que esas chaquetas no costaban menos de $100.
  • De momento te veías hablando con cuanto desconocido te toparas en el tren, en el café, en el parque o en la tienda. El tema era el mismo: El Maratón, las felicidades por haber cualificado y los buenos deseos para la carrera.

Los 3 días de estadía antes de la carrera, ya me habían brindado todo el valor de la experiencia. Y me decía, con esto nada más, ya vale la pena. Los días estuvieron perfectamente hermosos, entre frescura y soleado, hasta que llegó el día de la carrera.

Disfrutando Boston

Los días antes de la carrera eran perfectos

Boston, la carrera

Tal como se pronosticaba pero con la esperanza de que no fuera verdad, amaneció un día frío y lluvioso. Parecía que el cielo nos estaba haciendo una broma pesada, cambiando el clima tan repentinamente.

Estando en el corral de la salida, con llovizna, viento y frío, los corredores nos mirábamos unos a otros con incertidumbre. Hasta que alguien decía: “no importa, ya nos vamos calentando mientras corramos y vamos a estar bien”. Todos asentíamos y lo creíamos.

Área salida Maraton Boston

Aun con el clima, los ánimos eran positivos

Comenzó la carrera. 

Todos los escritos que leí; todos los videos que estudié; y toda la estrategia que preparé para correr este evento, se disolvieron en la lluvia desde el principio.

Perdí la orientación de cómo iba corriendo; no tenía idea de lo que estaba haciendo. Dicen que uno debe controlarse durante las primeras millas de bajadas. En la milla 8 ya me dolían las piernas. Sabía que era un mal indicio si todavía me quedaban 18 millas.

Todo se veía confuso por la humedad de la lluvia en mis ojos. No sabía quién estaba al lado o al frente, eran imágenes borrosas. El público era un murmullo lejano detrás del sonido que el viento hacía en mi oído. Me molestaba cada vez que otro corredor pisaba un charco de agua que me cayera encima. Aunque sabía que yo hacía lo mismo, pues no teníamos más remedio.

Pasé el medio maratón más rápido que ningún otro medio maratón realizado antes.  Llevaba 13 millas sintiendo el dolor de piernas que se supone sintiera en la milla 20. De ahí en adelante, literalmente, yo gritaba de dolor con cada bajada de cuesta. El temor de no poder terminar la carrera comenzó a invadir mi mente. Mientras comenzaba esa batalla interna, mi paso disminuía a escalas. Hasta que, cerca de la milla 15, escuché una voz fuerte gritar:

¡¡¡Boricuaaaaaa!!!

Entonces abrí mis ojos sorprendida. Siempre llevo mi banderita de Puerto Rico en el pecho. Ese grito, lo escuché claro y resonó como música en mis oídos. Estaba incrédula de que alguien me pudiera reconocer entre los cientos de corredores que me rodeaban. Miré hacia el lado y observo a un joven desconocido en el público de espectador que me miraba fijamente. A la vez, levantaba su brazo con el puño cerrado en gesto de fortaleza y apoyo. Le respondo con el puño igual.

Maratón Boston mojado y frío

Entre la gente y con mi pequeña banderita al pecho, luchando por mantener el ritmo

De inmediato, una fuerza inesperada se apoderó de mí, aliviando mis dolores temporeramente e impulsándome a correr firme por unas cuantas millas más. El apoyo patrio puede tener un efecto sopresivamente positivo. No fue casualidad, su acción tuvo un propósito clave en mi carrera, aunque él nunca lo sepa, así fue.

Pero esa fuerza se fue desvaneciendo; en cada milla intentaba mantener un ritmo pero no podía. Realmente iba en picada, no sentía mis piernas;  solo dolor, frío y ardor en la piel. Llevaba más de 20 millas con los pies mojados y los dedos se desaparecían congelados con cada pisada. Cada vez más corredores me pasaban; era yo que iba cada vez más lento.

Boricua en maratón de Boston

Las últimas millas, cuando no sentía ningún dedo del pie pero sí mucho dolor en las piernas

Pero fue durante esa última milla, la 25, que se despejó una  imagen justo al frente mío. Era mi compañero de equipo, quien también iba pasando el momento más duro de su carrera. Al verlo, me preocupé por él. Lo alcancé, e intenté echarle un brazo de apoyo pero su reacción fue tan inmediata que ni me dio tiempo.  Solo escuché su voz fuerte que me grita:

“¿Qué tu haces? ¡Nooo! ¡Corre!! ¡Corre!!”

Me tomó por sorpresa la firmeza de sus palabras que parecían un regaño. Entonces, no esperé un segundo más para hacer lo que me pedía. Me sentí responsable por él y por mí; Lo tenía que hacer por ambos. Entonces corrí esos últimos metros con lo que no podía. Levantando las rodillas con un dolor inexplicable y los pies adormecidos de frío hasta cruzar la meta.

Y he ahí que lo hice. Lo completé con mi mejor marca, por tan solo 20 segundos. Fueron 20 segundos a mi favor que, simplemente, se los debo a ese encuentro de la milla 25.  Mi amigo Richard sufrió dificultades en su carrera pero fue el angelito que me impulsó a lograr mi mejor tiempo.

La meta en Martón de Boston

La meta: Un momento de inmensos sentimientos

Lloré, y lloré con todo el sentimiento del mundo. Caminaba desbordada en llanto. Después de toda la lucha mental, física y emocional, sabía que la fuerza que conectó todos mis sentidos era completamente espiritual. Había una fuerza divina que me cubría. Lo vi en el boricua que gritó, en el regaño de Richard y en lo que nos sucedió justo después de la carrera.

Lo que sucedió después

Tras encontrarnos en el área de llegada, Richard y yo nos proponíamos ir caminando a nuestro hospedaje. Era una caminata de menos de 20 minutos. Todavía faltaba nuestro compañero y coach, Gotay, en llegar a la meta, pero nuestros cuerpos congelados no aguantaban ese clima.

Seguía lloviendo y el frío descontrolaba nuestro caminar con un temblequeo que dominaba cada pisada. Algún grado de hipotermia llevábamos, pero en ese momento no lo comprendíamos. Íbamos disfrazados bajo esa capa plateada que “suponía” cubrirnos mientras el viento la revolvía con su vaivén. No teníamos dinero, ni teléfonos  ni ropa seca.

Capas del Maratón de Boston

Aunque la foto fue tomada después, estas eran las capas que nos daban en la llegada

Decidimos refugiarnos por algunos minutos en un pequeño “lobby” al lado de un café. Entonces, esto fue lo que sucedió cronológicamente:

  1. Un señor se nos acercó a regalarnos dos cafés.

  2. Otro señor nos invitó a sentarnos en su mesa dentro del “coffee shop” en donde compartía con su hija y un amigo.

  3. Este mismo señor salió del café y regresó con dos abrigos nuevos que acababa de comprar para nosotros.

  4. Ellos nos transportaron en carro hasta la puerta de nuestro hospedaje: Calientitos y bien abrigados.

“I love Puerto Rico”, fueron las palabras de aquel desconocido que nos regaló calor, amistad y transportación. El Maratón de Boston, no fue una carrera, fue una experiencia espiritual… La más memorable. De esas que te hacen creer.

Abrigos recibidos solidariamente

Post-foto de los abrigos que nos regalaron solidariamente

 

Tiempo neto: 3:26:32

Medalla 2015 Boston

Mi medalla del Maratón de Boston 2015

 

¿Has realizado algún evento que te retó más allá de tu físico y de tu mente?

¿Sueñas con completar un evento en particular (o varios)?

¿Cuéntame si has vivido la ayuda solidaria de otra u otras personas en algún reto deportivo?

Acerca de Nairi

¡Hola! Soy Nairi Ginés, atleta aficionada, exploradora innata, amante de la naturaleza y apasionada por vivir nuevas experiencias. Estas características me han guiado en la trayectoria personal y profesional de mi vida.
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